Hallazgos recientes que cuestionan la exactitud de numerosos estudios sobre los niveles de microplásticos en el cuerpo humano resaltan una tensión crítica entre el rigor científico y las consecuencias del mundo real. Si bien la autocorrección es inherente al proceso científico, la magnitud de los errores metodológicos (algunas estimaciones sugieren que hasta la mitad de los artículos de alto impacto en el campo pueden verse afectados) apunta a un problema sistémico que exige atención inmediata. El problema central radica en la medición de micro y nanoplásticos, particularmente en lo que respecta a la correcta aplicación e interpretación de técnicas como la pirólisis, la cromatografía de gases y la espectrometría de masas.
El problema de los números de plástico
A pesar de las dudas sobre las cantidades exactas, evidencias sólidas procedentes de otros métodos, como la microscopía electrónica, todavía confirman la presencia de microplásticos en órganos humanos. La controversia no se trata de si hay plásticos dentro de nosotros, sino de cuánto, y la incertidumbre se está explotando en un clima de confianza cada vez menor en la ciencia.
El campo en sí es joven y las mejores prácticas aún están evolucionando. Muchos estudios fueron realizados por investigadores médicos que carecían de experiencia en química específica, lo que puede explicar algunos de los errores. Sin embargo, la percepción pública sigue siendo que las afirmaciones extraordinarias (plásticos dentro de órganos) requieren pruebas extraordinarias, y cualquier duda será magnificada en los medios y por los actores políticos.
Consecuencias políticas de la duda científica
El momento es crítico: la confianza en la ciencia ya está siendo atacada en múltiples campos, incluidos el cambio climático y las vacunas. Esta controversia da argumentos a quienes buscan desacreditar los hallazgos científicos para obtener beneficios políticos o económicos. La industria del plástico, estrechamente vinculada a los combustibles fósiles, tiene un gran interés en restar importancia a la gravedad de la contaminación plástica y emplea tácticas de lobby similares.
¿Qué sigue?
Los científicos esperan un consenso más claro sobre los niveles de plástico dentro de unos años, pero es posible que el daño ya esté hecho. Es probable que este incidente sea citado por malos actores para desacreditar futuras investigaciones, independientemente de su validez. Para evitar dicha explotación, es esencial una revisión por pares más amplia y protocolos de medición estandarizados antes de publicar o informar los resultados.
La lección es clara: el rigor científico no se trata sólo de obtener la respuesta correcta, sino de anticipar cómo los errores pueden convertirse en armas en un mundo donde la verdad es cada vez más cuestionada.
Esta situación subraya cómo se debe defender la integridad científica no sólo dentro de los laboratorios, sino también en la esfera pública.
