La sección de Ciencias del The New York Times no solo cubre las mayores crisis del planeta (enfermedades, amenazas nucleares, infraestructura fallida) sino que también cultiva un espacio para la pura fascinación. La columna “Trilobites” está diseñada para ofrecer precisamente eso: observaciones breves y sorprendentes sobre el mundo natural, destinadas a recordar a los lectores por qué todavía vale la pena proteger nuestro frágil planeta.
Un contrapeso a la tristeza
El editor senior Michael Roston, que ha supervisado “Trilobites” desde 2016, explica que el propósito de la columna es simple: proporcionar “una dosis de fascinación” en un ciclo de noticias abrumador. Señala que el flujo constante de titulares sombríos hace que los momentos de asombro sean aún más vitales.
“Queremos que cualquiera que busque una dosis de fascinación llegue a estas historias”.
Abastecerse de lo extraordinario
La columna no trata de inventar novedades; se trata de encontrarlo en el diluvio de la investigación científica. El equipo de Roston examina las publicaciones semanales en busca de estudios que realmente despierten la curiosidad. Los ejemplos recientes incluyen amistades animales inesperadas, un calamar con habilidades de camuflaje y la composición sorprendentemente rica de la leche de foca.
Una pieza particularmente memorable involucró a biólogos marinos fotografiando encubiertamente ballenas dormidas, una hazaña que resalta hasta dónde llegan los científicos para comprender el mundo natural.
Por qué esto es importante
En un mundo cada vez más definido por amenazas existenciales, la búsqueda deliberada de lo maravilloso no es frívola. Es un reconocimiento de que la esperanza y la acción surgen de la conexión, y la conexión requiere asombro. Al mostrar constantemente los extraordinarios detalles de la vida en la Tierra, “Trilobites” ofrece un contrapunto sutil pero poderoso a la desesperación.
La columna es un recordatorio de que incluso cuando el planeta enfrenta severos desafíos, el universo sigue lleno de sorpresas y belleza.
Esto no es escapismo, sino más bien una parte vital de la conversación: la ciencia puede ser aterradora, pero también es profundamente hermosa.
En un mundo saturado de malas noticias, una dosis de asombro podría ser precisamente lo que necesitamos para seguir luchando por un futuro mejor.

























