Durante décadas, la idea de cultura estuvo ligada casi exclusivamente a la sociedad humana. Sin embargo, observaciones innovadoras, comenzando con el descubrimiento de Jane Goodall de chimpancés que usaban herramientas hace más de 50 años, han demostrado decisivamente que la cultura (comportamientos aprendidos transmitidos de generación en generación) está muy extendida en todo el reino animal. Desde las ballenas hasta los ualabíes, ahora se sabe que las especies comparten habilidades de supervivencia, se adaptan a condiciones cambiantes e incluso mantienen conocimientos ecológicos a través de la transmisión cultural.
El auge de los estudios culturales no humanos
El gran volumen de evidencia sobre las culturas animales ha obligado a reevaluar lo que significa ser “inteligente” o “único”. Un número especial reciente de Philosophical Transactions of the Royal Society B compilado por Philippa Brakes y otros subraya la prevalencia de este fenómeno. No se trata sólo de un debate científico abstracto; Los comportamientos transmitidos culturalmente suelen ser vitales para la supervivencia y determinan cómo las especies prosperan en entornos complejos. Los esfuerzos de conservación están comenzando a reflejar este cambio, integrando el conocimiento cultural en los programas de reintroducción y la gestión de conflictos entre humanos y vida silvestre.
Longevidad, conocimiento y sabiduría ecológica
El concepto de “conservación de la longevidad” añade otra capa de complejidad. Algunos animales longevos, como los tiburones de Groenlandia y las tortugas gigantes, no sólo poseen adaptaciones genéticas para una vida más larga, sino que también actúan como depositarios de conocimiento generacional. Estos individuos mayores pueden tener las claves para adaptarse a las fluctuaciones ambientales, lo que demuestra que la transmisión cultural no se limita a especies de vida corta. Además, el estudio de estas criaturas revela secretos bioquímicos para resistir enfermedades y reparar células, conocimientos que podrían ser invaluables para la medicina humana.
Reimaginando el Patrimonio Mundial
Si las ballenas tienen tradiciones culturales distintas en sus cantos y técnicas de búsqueda de alimento, ¿debería tratarse la pérdida de estos comportamientos con la misma gravedad que la destrucción de monumentos humanos? Esta es una pregunta desafiante, pero debemos afrontarla. Las comunidades indígenas, que desde hace mucho tiempo reconocen el conocimiento compartido entre especies (como las orcas que ayudan a los cazadores australianos o los delfines que colaboran con los pescadores brasileños), ofrecen un modelo de comprensión recíproca.
Los límites de la arrogancia tecnológica
Las implicaciones se extienden a intervenciones controvertidas como la “desextinción”. Resucitar especies extintas sin el contexto cultural que necesitan (rutas migratorias, normas sociales) es una receta para el fracaso. Sin mayores que transmitieran conocimientos esenciales, estos híbridos tendrían dificultades para sobrevivir. Esto subraya una verdad fundamental: la cultura no se trata sólo de genética; se trata de experiencia acumulada y aprendizaje social.
Más allá del excepcionalismo humano
Quizás el desafío más profundo sea desmantelar el excepcionalismo humano. Cuanto más aprendemos sobre las culturas de otras especies, más difícil resulta negar que compartimos este planeta con una multitud de seres inteligentes y emocionales. Tomó más de medio siglo siquiera comenzar a discutir las culturas no humanas dentro de los círculos conservacionistas, sin embargo, la realidad es que ya vivimos junto a una vibrante red de formas de vida cultural.
Reconocer esta realidad no es simplemente un ejercicio académico. Exige un cambio fundamental en nuestras responsabilidades como custodios de este planeta. No necesitamos buscar inteligencia extraterrestre; nos rodea. Absorber este conocimiento puede ser el paso más importante para garantizar un futuro en el que las acciones humanas se alineen con la rica diversidad biocultural de la Tierra.
Philippa Brakes, ecologista del comportamiento de la Universidad Massey, Nueva Zelanda, y Marc Bekoff, profesor emérito de la Universidad de Colorado Boulder, son figuras destacadas en este campo vital.
