El 27 de febrero de 1940, un gran avance en la química nuclear abrió una ventana a la historia antes inimaginable: el descubrimiento del carbono-14. Este isótopo radiactivo, inicialmente considerado demasiado inestable para medirlo, se convertiría en la piedra angular de la datación por radiocarbono, revolucionando la arqueología, la paleontología y nuestra comprensión de las civilizaciones antiguas.
La búsqueda de un isótopo esquivo
A mediados de la década de 1930, los científicos teorizaron sobre la existencia de un isótopo de carbono con un núcleo inusualmente pesado: dos neutrones adicionales. Sin embargo, las suposiciones predominantes sugirieron que su vida media sería demasiado corta para una detección práctica. Sin inmutarse, Ernest Lawrence, director del Laboratorio de Berkeley, asignó a los químicos Martin Kamen y Samuel Rubin la tarea de encontrarlo en 1939.
Durante casi un año, sus esfuerzos no dieron resultado. La creencia predominante era que se descompondría demasiado rápido para ser útil. Este fracaso inicial subraya un desafío común en la investigación científica: a veces, los descubrimientos más impactantes requieren perseguir lo que parece imposible.
Un avance fortuito
En enero de 1940, un experimento desesperado lo cambió todo. Kamen y Rubin bombardearon una muestra de grafito dentro de un ciclotrón, un acelerador de partículas primitivo, con deuterones (núcleos de hidrógeno pesado). El objetivo: obligar al carbono a absorber neutrones, convirtiéndose en una forma radiactiva más pesada. Después de 120 horas de funcionamiento continuo, Kamen, exhausto y desorientado, salió del laboratorio a tropezones. La policía lo detuvo brevemente, confundiéndolo con un criminal fugitivo.
A su regreso, Rubin detectó débiles signos de radiactividad en la muestra. Durante las siguientes dos semanas, refinaron el carbono hasta convertirlo en dióxido de carbono y midieron su radiactividad con un contador Geiger. Para su sorpresa, el carbono-14 no se desintegró rápidamente como se predijo. Sus cálculos iniciales sugirieron una vida media de miles de años, cifra que luego se refinó hasta aproximadamente 5.730 años.
De la ciencia fundamental a la revelación histórica
Las implicaciones quedaron inmediatamente claras. Como señalaron los investigadores en su publicación del 15 de marzo de 1940 en Physical Review Letters, el carbono-14 de larga vida tenía un inmenso potencial para aplicaciones químicas, biológicas e industriales. Al cabo de unos años, Kamen y Rubin utilizaron el isótopo para trazar rutas en la fotosíntesis.
Sin embargo, todo el poder del carbono-14 no se comprendió hasta 1949, cuando James Arnold y Willard Libby de la Universidad de Chicago demostraron su utilidad para datar materiales orgánicos. Al medir la proporción entre carbono-14 y carbono estable, pudieron estimar con precisión la edad de artefactos y fósiles antiguos. El innovador trabajo de Libby le valió el Premio Nobel de Química en 1960.
Un legado complicado por la historia
Trágicamente, la historia no está exenta de giros más oscuros. Samuel Rubin murió en un accidente de laboratorio en 1943 y Martin Kamen enfrentó persecución durante el Terror Rojo. Su asociación con músicos y sus percibidas simpatías “izquierdistas” llevaron a su despido de Berkeley y a su interrogatorio ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes. A pesar de que nunca fue declarado culpable de irregularidades, Kamen estuvo ensombrecido por acusaciones infundadas durante años.
El descubrimiento del carbono 14 es un testimonio del poder de la perseverancia y la casualidad. No sólo hizo avanzar la ciencia nuclear, sino que también revolucionó nuestra capacidad de reconstruir el pasado, conectándonos con civilizaciones desaparecidas hace mucho tiempo. El legado de Kamen y Rubin es un recordatorio de que el progreso científico a menudo tiene un costo humano y que incluso los descubrimientos más objetivos pueden quedar atrapados en las contracorrientes de la historia.
